DISCURSO DE DESPEDIDA, PROMOCIÓN 2015
(Marlon Cruz)

Buenas
tardes estimados compañeros, queridos formadores, familiares y amigos. Gracias
a todos por acompañarnos en este momento de suma importancia para nosotros,
párvulos del conocimiento filosófico.
Es
un verdadero honor para mí poder representar a mis compañeros, porque estas
palabras no son sólo mías, sino de cada uno de ellos. Porque juntos hemos caminado
por los escabrosos senderos de la filosofía, que nos llevan al inabarcable misterio
del hombre.
En
el 2012 dimos inicio a la aventura filosófica. Es emotivo recordar el comienzo
en nuestra casa de formación, pero más gratificante es darse cuenta, que mucho
antes, en el pensamiento de Dios, él ya nos había elegido para emprender este
camino. La única razón por la cual estamos aquí, es que Dios nos ha llamado y
nosotros hemos respondido a su Voz. No hay ningún otro motivo más profundo que
ese. Porque no hemos estudiado filosofía para ser filósofos, sino para ser cada
vez más humanos, y para ayudar a otros a humanizarse en este mundo tan
deshumanizado.
Una
de las cosas más maravillosas de estudiar Filosofía, es la oportunidad de
dialogar, de comprender y de asimilar el pensamiento de un filósofo para aplicarlo
a nuestra propia vida. Un ejemplo de ello, de talante excepcional, es Sócrates,
el cual adoptó la divisa délfica “Conócete a ti mismo” e hizo de su misma vida
una filosofía. Y espero en el buen
juicio de cada uno, que hayamos comprendido que la finalidad de la Filosofía,
en primer lugar, es ayudar al hombre a encontrarse consigo mismo, y después, a
encontrarse con los demás, con Dios y con el universo. Puesto que la existencia
humana, es más compleja que comprender los escritos de Hegel.
No
importa si hemos leído muchos escritos filosóficos, porque al fin de cuentas,
lo que verdaderamente importa, es si nos hemos encontrado con nosotros mismos.
Lo que importa es si hemos comprendido el misterio de nuestro propio ser y del
ser de Dios en estos cuatro años de recorrido por el Seminario Mayor “Nuestra
Señora de Suyapa”. No importa qué corriente filosófica nos llama más la
atención, o con la cual nos hayamos identificado más, porque lo esencial del
atajo filosófico, es buscar siempre la verdad, tanto dentro como fuera de
nosotros mismos.
Por
eso mi mayor deseo para ustedes compañeros, para mí mismo, y para todos los que
estamos aquí, es que busquemos siempre la verdad. Porque, si de verdad existe
la verdad, no importan los caminos que escojamos, siempre habremos de llegar a
ella. De lo que sí estoy seguro, es que la verdad siempre nos espera más
adelante, y por ello, este camino no termina con la graduación, sino que, aquí
comienza, aquí da inicio lo que no tiene fin. Graduarse es un peldaño más en la
escalera que nos lleva a la Verdad. ¡Jamás, jamás abandonemos este camino de
búsqueda y de entrega!
Todos
hemos venido con la aspiración inocente de transformar el mundo, pero la
Reflexión Filosófica, nos ha despertado de la ignorancia real de la realidad.
No para quedarnos inmóviles o indiferentes ante ella, sino para transformar
profundamente las situaciones que deshumanizan al hombre. De ahí, que ser
filósofos en este siglo, en este país, es para cada uno de nosotros un reto. Un
reto del cual no debemos rehusar.
Compañeros,
cada uno de nosotros fuimos llamados de distintos lugares del país, con
diferentes realidades y diversas historias. Y son muchas las cosas que juntos
hemos vivido, hemos compartido mucho más que el estudio, mucho más que el
espacio físico de un aula de clases. Hemos compartido la vida. Hemos compartido
a amistad, hemos compartido, sobre todo, la vocación.
En
nombre de cada uno de mis compañeros, le doy gracias a Dios. A nuestros
familiares que siempre nos han apoyado. Le doy gracias a nuestros formadores,
los padres Eudistas, especialmente, al Padre Gabriel Tristancho, quien nos
abrió las puertas y nos encaminó por este sendero vocacional. Agradezco a todo
el personal de docentes, que no sólo han compartido sus conocimientos con nosotros,
sino que nos han entregado parte su vida.
Le
doy gracias a cada persona que directa o indirectamente nos han ayudado en
nuestro proceso de formación. Agradezco a las Hermanas de la Sagrada Familia,
que silenciosamente oran y trabajan por nuestra vocación. Gracias a todos los
empleados de nuestra casa de Formación, porque más que trabajadores han sido
parte de nuestra nueva familia cristiana. Gracias a cada uno de los compañeros,
los que nos anteceden y los que nos preceden, por apoyarnos mutuamente en este
caminar vocacional, ya que juntos
caminamos hacia una misma meta. Gracias a todos los que no mencioné, pero que
si están en la mente de mis compañeros y despiertan en ellos y en mí,
sentimientos de gratitud.
Hagamos
del conocimiento recibido y adquirido en nuestra casa de formación una
verdadera sabiduría. Recuerden compañeros que la única forma de inmortalizar
las palabras, es escribiéndolas con nuestra propia vida. ¡Muchas gracias!
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